Columnista invitada: Pamela Antonioli De Rutté, Gerente en Hub de Innovación Minera del Perú. Biotecnóloga con experiencia en formulación y desarrollo de proyectos de I+D+i y en gestión pública y privada relacionada a innovación.


¿Cuánta maldad hay detrás de una mala palabra? De niña, en más de una ocasión, me he hecho esta pregunta, ya que como hija de argentino he crecido escuchando palabras subidas de tono como parte del vocabulario diario. Hoy, varios años después, me viene a la mente una de las respuestas que cobra relevancia y vigencia: la palabra por sí sola no es mala, la maldad reside en la intencionalidad y el uso dentro de un determinado contexto. Así, el ajo en mayúsculas que uno suelta al martillarse un dedo es prácticamente inocuo frente a una flor de cebolla en agravio a alguien.

La semana pasada el uso del quechua fue más comentado que el discurso mismo para la solicitud de la confianza del gabinete en el Congreso y la opinión pública se dividió entre personas que hablaban de reivindicación y las que hablaban de respeto. Por mi lado, parto de aquella respuesta sabia para hacerme la pregunta respectiva ¿cuál fue la intencionalidad tras el idioma elegido? Es su idioma materno, quiere que su mensaje (en realidad fue solo el saludo) llegue a más peruanos, quiere poner en valor uno de los idiomas más importantes del Perú… hasta aquí todo bien, pero algo no cuadra.

Cuando uno piensa en el trasfondo de esas intenciones la palabra común es inclusión, sin embargo, nada menos inclusivo que pudiendo anticipar coordinaciones para que exista traducción decidir no hacerlo. Se pudo poner en relieve el quechua sin excluir del entendimiento al que no lo habla, se pudo incluir a todos y todas, se pudo hacer fácilmente, pero no se hizo. Me hago nuevamente la pregunta ¿cuál fue la intencionalidad?

Buscando la respuesta me viene a la memoria una actitud similar de hace solo algunas semanas atrás, cuando escuchamos, pero esta vez del extremo político opuesto, que dejen seguir subiendo al dólar para que aprendan. Intencionalidades que en lugar de sumar resten al otro bajo la premisa de que es su turno de pasarla mal nos revelan como un país desprovisto de líderes de verdad. Cuánta falta nos hace entender que el liderazgo no viene con el puesto, tampoco del volumen de la voz, menos de la posición económica o social. Tomando una frase prestada: “liderazgo es la responsabilidad de ver a aquellos que te rodean crecer” y, en ese sentido, en el Perú del dicho al hecho… hay muchísimo trecho.

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