Inteligencia artificial para hablar de inteligencia artificial

La distancia más corta entre dos puntos no siempre es una línea y sobre todo en el proceso del aprendizaje. Sobre ello nos habla Pamela Antonioli
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Columnista invitado: Pamela Antonioli


Tengo que confesar que, estando a horas de tomar un avión hacia un lugar que me obligará a desconectarme, y con el tiempo en contra para escribir este artículo, caí en la tentación de usar ChatGPT. Le hice varias preguntas relacionadas a innovación y, de hecho, elaboró un artículo sobre innovación en minería que, si bien era bastante general, estaba muy bien estructurado (obviamente no lo iba a tomar para este artículo). Nada lograba convencerme. Al final, la conclusión era evidente: no estaba haciendo las preguntas correctas y por lo tanto la información que recibía resultaba anodina y genérica.

“Cada día que pasa se tiene más información” es una afirmación que resumía el crecimiento de las tecnologías digitales hasta diciembre del año pasado. Con la llegada de la inteligencia artificial (IA), esa frase quedó corta. La inteligencia artificial tiene un enorme potencial y ahora está al alcance de la mano, sin embargo, como me pasó en el camino de escribir este artículo, si no tienes el norte claro, su uso será equivalente a navegar en la web, es decir, a estar “en modo Google” (y Google 2019 para ser exacta, porque también Google sacó Bard, su propia herramienta de IA).

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Tenemos que empezar por lo fundamental, que es el entendimiento de ese potencial. Mucho se habla de profesiones que desaparecerán o, en el mejor de los casos, perderán relevancia, sin embargo, la gran transformación será cuando su uso nos permita el desarrollo de nuevos modelos de trabajo dentro de esas profesiones. En sencillo: ahora que algunas funciones ya están cubiertas, cuál es el aporte que puede tener una profesión para la sociedad. ¡Bingo! Ya tenía mi pregunta para ChatGPT.

Después de conversar un rato con el algoritmo, van las 3 cosas que más llamaron mi atención y que quiero compartir:

  1. Cosas que (aún) no puede hacer la IA: sentido común y comprensión contextual, por lo que su capacidad de procesamiento trastabilla frente a situaciones nuevas y ambiguas; creatividad y pensamiento abstracto limitados, pues puede combinar pero no generar conceptos nuevos; empatía y comprensión emocional ya que, si bien puede analizar y reconocer emociones humanas, no hay un entendimiento comprensivo para una interacción “humana”; razonamiento ético y moral, porque toma decisiones basadas únicamente en algoritmos sin consideraciones éticas más amplias; adaptación y aprendizaje fuera de su dominio, tiene dificultades para aplicar su conocimiento y habilidades en contextos diferentes o desconocidos; y, finalmente, intuición y experiencia humana, limitando su capacidad para tomar decisiones basadas en una comprensión profunda y subjetiva.
  2. Caso positivo: India ha empleado la IA para formalizar el país, no solo a través de la identificación de evasiones tributarias, sino usándola para formalizar la fuerza laboral a través de plataformas en línea que gestionan información de trabajadores para acceder a beneficios sociales, agilizar los trámites burocráticos y facilitar la formalización de empresas.
  3. Casi alerta: la OMS advierte un mal uso de la IA puede dar origen a “respuestas que pueden parecer autorizadas y plausibles”, pero que “pueden ser completamente incorrectas o contener errores graves”. Además, “puede utilizarse indebidamente para generar y difundir desinformación muy convincente en forma de contenidos de texto, audio o vídeo que el público difícilmente puede diferenciar de contenidos sanitarios fiables”.

Bonus track: La madre de la IA es Ada Lovelace, pionera de la informática, quien escribió el primer algoritmo. Aquí lo que me sorprendió es que fue en 1845, sí, ¡en pleno siglo XIX!

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